La acreditación de los doctorados en Colombia

Formación avanzada o postgrados, Formación de docentes, Investigación, Pertinencia de la educación superior, Sin categoría Añadir un comentario

Aunque a nivel mundial no existen indicadores estandarizados para apreciar la calidad de los doctorados existentes y los que suelen estar en circulación se derivan de los ranking mundiales, es importante que el país se plantee la pregunta por la calidad del producto de sus programas de maestrías de investigación y de doctorados. Por lo tanto, bien acogida debe ser la inquietud del Consejo Nacional de Acreditacion -CNA- del Ministerio de Educación Nacional -MEN-, de poner en circulación un posible modelo de acreditación de alta calidad de este tipo de programas, que comenzaría a operar en el próximo semestre.

Adicionalmente, debe tenerse en cuenta que en los últimos años ha habido un crecimiento significativo de estos programas académicos aunque Colombia mantenga una posición relativamente menor comparada con Brasil que gradúa más de once mil doctores por año, o México con mil y hasta Chile con quinientos anualmente. En el caso colombiano, la cifra es relevante si se piensa que los doctorados y maestrías comienzan a desarrollarse con cierta solidez hacia mil novecientos ochenta. En la actualidad, existen 92 programas doctorales en 22 universidades y a juzgar por el número creciente de propuestas presentadas al Consejo Nacional de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior -CONACES- del -MEN- en el último semestre, este número crecerá en el futuro inmediato. Por lo tanto, hay que asegurarse de la calidad de la oferta en esta materia.

A la propuesta del modelo sugerido por el -CNA- se le puede hacer preguntas de orden teórico, metodológico y político siendo estas últimas las más difíciles de responder por los intereses que conllevan. Por lo tanto, en esta primera referencia al tema haremos unos comentarios de carácter teórico y metodológico con el ánimo de contribuir en la discusión. A nivel teórico el modelo descansa sobre los mismos principios y orientaciones que se establecieron en 1995 cuando se introdujo el tema de la acreditación de los programas de pregrado. Se basa por lo tanto en el reconocimiento de la necesidad de replantear las funciones actuales de la universidad, yendo más allá del modelo tradicional o clásico e incorporando la investigación aplicada y el tema de la innovación como dimensiones centrales del quehacer de las universidades en la actualidad. En esencia, se trata primero, de impulsar a las instituciones a que incrementen su pertinencia y legitimidad convirtiéndose en instrumentos útiles para la solución de los problemas del desarrollo y en segundo lugar asumir las tareas que se desprenden del nuevo rol que cumple el conocimiento como generador de riqueza y la distancia cada vez más corta entre la creación del conocimiento y su aplicación práctica. En este escenario cambiante las universidades tienen un papel de liderazgo a través de su actividad de investigación articulada con el sector productivo, el Estado y otros grupos de interés y enriquecida con una nueva preocupación por la innovación. El modelo busca incentivar la acción de las universidades hacia el cumplimiento de estas tareas, formuladas sin atenuante alguno.

Desde el punto de vista metodológico el modelo descansa en el proceso de autoevaluación realizado por los programas, la evaluación de los pares y finalmente el acto administrativo del Ministerio de Educación Nacional que hace público el juicio de los pares sobre la calidad del programa evaluado. Este formato es universal y en el caso colombiano el llevarlo a cabo es algo voluntario. Cabe señalar que el modelo no trae consigo un sistema de ponderación que sirva como guía para adelantar los procesos que implica y esto parece ser una limitación importante. En cuanto se refiere a criterios, factores y características se han formulado con base en lo acostumbrado para este tipo de programas en diversos países; así por ejemplo, en cuanto a los primeros: la integridad, la idoneidad, la coherencia, la pertinencia y la eficacia del programa. En cuanto a los factores: los estudiantes, profesores, procesos académicos, recursos, entre otros; y entre las características: el perfil de los profesores de planta, la trayectoria de investigación, la infraestructura investigativa, entre otros. La preocupación en este punto tiene que ver con el número demasiado alto de características, que ascienden a 29 y con 93 indicadores. Sería deseable reducirlas para hacerlo menos complejo y más preciso. Es una limitación normal cuando se trata de una primera formulación del modelo.
Lo que parece importante de discutir es la orientación general de las características que desagregadas dan origen a los indicadores. Una lectura de conjunto de estos últimos indica que se privilegia de manera clara: la existencia de profesores de tiempo completo dedicados al programa; la organización de la actividad de investigación a nivel institucional y del programa: existencia de grupos, líneas de investigación, proyectos, investigadores responsables, vinculación de estudiantes doctorales a los proyectos, existencia de fuentes de financiación externa y publicaciones en revistas indexadas tipo ISI, o de primera línea con reconocimiento internacional.
Dado que para acceder a este tipo de acreditación se necesita que el programa tenga nueve graduados de doctorado y veinte a nivel de maestría, podríase señalar que el potencial de programas a acreditarse es bien reducido. ¿No estaremos bautizando al niño antes de que nazca? Simultáneamente, habría que hacer un gran esfuerzo para que los programas que se aprueben en CONACES no nazcan con limitaciones estructurales que luego impidan que tales programas cumplan con lo requisitos que la acreditación de alta calidad requiere.
La discusión apenas comienza y para que haya claridad en los aportes se debiera preguntar: ¿Qué tanto contribuye esta política a desarrollar el modelo que desean algunas universidades del país de convertirse en “Universidades de investigación”? ¿Con excepción de los indicadores relacionados con la actividad de investigación, no habría indicadores que ya se controlan vía la obtención del Registro Calificado e inclusive de la acreditación institucional y que por lo tanto no deberían repetirse, propiciando la reducción de su número? ¿Cómo se compara el tipo de indicadores que tiene el modelo con los que utilizan los ranking tipo el de Shangay, desarrollado por la Universidad Jiao Tong de Shangay, cuando habla de “Universidades de investigación de Clase Mundial”?
Sólo a modo de ilustración, una “Universidad de Clase Mundial” se caracteriza por: el número de egresados que han ganado Premios Nobel en Fsica, Química, Medicina y Economía, o Premios en Matemáticas; por el número de profesores que han ganado Premios Nobel en las mismas áreas; por el número de profesores que son citados en 21 áreas del conocimiento, por el número de artículos en Nature, o en Science; por el número de artículos en revistas indexadas según Science Citation Index-expanded, Social Science Citations Index, o por el valor alcanzado en los cinco indicadores anteriormente mencionados, dividido por el número de profesores de Tiempo completo Equivalente. Según el tipo de respuesta que se den a estos interrogantes, la discusión mejora porque va más allá de un listado de indicadores hacia lo que está en juego. ¿Qué doctorados queremos, para qué tipo de Universidad deseable? ¿Qué tan comparables son los indicadoras del modelo colombiano con los utilizados en los países del primer mundo?

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Luis Enrique Orozco

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