03 Febrero 2010
Un poco de reflexión sobre la ética en la formación universitaria.
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Luis Enrique Orozco
Profesor Titular
Universidad de los Andes
Febrero 3 de 2010
Hace algunos años, en el caso de Colombia, se sugirió por parte del gobierno que la ética debía ser una cátedra obligatoria en la los programas académicos de la educación superior; algo así como en la actualidad se postula con carácter obligatorio la enseñanza de la Carta Política. En ambos casos había una intención de buena voluntad consistente en buscar que los estudiantes desarrollen una capacidad para adquirir compromisos morales y evaluar las consecuencias éticas de su comportamiento en el mundo laboral y en su vida personal. Naturalmente, la iniciativa tuvo poco éxito en virtud de un principio general según el cual los valores, que constituyen la sustancia del mundo moral y ético, no se aprenden; se hacen propios a través de experiencias que dignifiquen la vida personal y por consecuencia se asumen de modo consciente.
En consecuencia, la pregunta sigue en pie acerca de qué pueden hacer en la actualidad las instituciones de educación superior para mejorar el clima ético del país y formar la conciencia moral de los jóvenes profesionales. La búsqueda de respuestas es urgente y preocupa a todas las instituciones en la región y en el mundo entero por razones conocidas y asociadas a los efectos de la globalización, en términos de incremento de la brecha entre países ricos y pobres; al impacto de una economía de guerra que concentra de modo progresivo el poder económico en muy pocas manos; a los efectos del “poder sin rostro” de las multinacionales que hacen de las suyas con la mayor impunidad; al incremento de la pobreza de modo simultáneo a la concentración del ingreso en cada país; a los problemas de la explotación, de la dominación y ocultamiento de intereses que no repara en las exigencias de los derechos humanos; y en general, el decaimiento de las exigencias morales en todos los campos de la vida económica, social, política y cultural.
Es claro que las instituciones educativas no lo pueden hacer todo, pero sí pueden incidir en la conformación del talante moral de sus estudiantes, de modo que por “contaminación” éstos encuentren en su proceso de formación valores que consideren dignos de ser interiorizados para enriquecer su vida personal contribuyendo a su realización como personas. Se trata de contribuir a forjar en la persona del estudiante través del conocimiento científico su capacidad para hacer uso de su entendimiento a través de la observación sistemática, la abstracción correcta, la deducción y la argumentación que permiten concluir de modo lógico; pero también desarrollar su capacidad para pensar acerca de la condición humana, de la situación conflictiva del hombre y de la vida en sociedad, mostrar modelos funcionales que posibiliten el análisis del mundo social en que viven y hacer visible la fuerza de utopías que les permita construir futuro.
Son estas tareas prioritarias que de modo transversal deben incorporar la dimensión ética de los problemas actuales, dada la crisis de toda moral fundamentalista y la pérdida de sentido de los humanismos que reemplazaron con su discurso la educación en la realidad de tantas generaciones anteriores; pero también mostrar que es posible construir una ética mundial que, sobre la base de unos mínimos en que todos estemos de acuerdo, contribuya a la construcción de un mundo viable. Se trata de una ética civil, democrática, afincada en el diálogo en cuya construcción tienen un papel fundamental, los expertos, la opinión pública y los especialistas de la filosofía que hayan decidido poner sus armas intelectuales al servicio de la humanidad.
Más allá de cursos de Humanidades sin contextualización alguna, más allá de aprendizajes sofisticados tan útiles para mostrar la pedantería de los docentes y más allá de la retórica existente sobre la formación integral se requiere: a- Que las instituciones en sí mismas sean éticas en sus propias prácticas b- Que los docentes tengan la formación requerida para conducir a otros en campos como el de la moral y la ética que exigen que para ellos constituyan parte de su experiencia vital y c- Que la preocupación institucional por disponer de un componente ético-político en su proyecto académico se constituya en un compromiso mensurable en sus logros y exigible como estándar en los procesos de rendimientos de cuenta. Quizá, de esta manera las instituciones de educación superior incrementen su capacidad para elevar el temple moral de la sociedad.


